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Independencia y dependencia; por Antonio Garrigues Walker, jurista

01/10/2012
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El día 29 de septiembre de 2012, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Antonio Garrigues Walker, en el cual el autor opina que la ciudadanía catalana y la española ya han demostrado en muchas ocasiones el rechazo total a los comportamientos absurdos y fanáticos de un estamento que ha alcanzado el nivel más bajo de credibilidad.

INDEPENDENCIA Y DEPENDENCIA

LA valoración de las implicaciones políticas, sociológicas y culturales de la importante manifestación que tuvo lugar en Barcelona el pasado 11 de septiembre con ocasión de la Diada, la valoración, así mismo, de las consecuencias del claro desencuentro entre el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat Catalana, y la valoración, por fin, del reciente debate en el Parlamento catalán, la convocatoria de elecciones anticipadas y de una consulta soberanista, tardarán todavía en emanar con claridad, y podemos dar por seguro que esa valoración será mucho más compleja y en algunos aspectos muy distinta de la que tenemos en estos momentos.

En una Tercera de ABC que publiqué con el título “El futuro de Cataluña”, el 4 de febrero de 2011, pronostiqué lo siguiente: “Existe en España -y muy especialmente en Madrid- una ola recentralizadora profunda que no se limita a grupos conservadores, y existe en Cataluña -y muy especialmente en Barcelona- una ola independentista que ha alcanzado una magnitud desconocida hace pocos años. Si no controlamos, desde ahora, el movimiento de esas olas con prudencia y habilidad, nos encontraremos súbitamente en una mar arbolada sin líderes expertos en navegación azarosa”.

Ya tenemos por de pronto la mar arbolada y ya se está poniendo de manifiesto la presencia de líderes inexpertos para navegar en estas aguas que aún podrían crecer -si aumentara la fuerza del viento, es decir, la fuerza de la pasión y la sinrazón política- hasta convertirse, siguiendo la escala oficial, en “mar montañosa” -olas de 9 a 14 metros- o llegar al grado máximo, “mar enorme”, con olas aún superiores.

No es fácil todavía racionalizar ni objetivar este tema. Hay demasiado ruido y polvo a su alrededor. Para no desorientarse en exceso conviene partir de algunas ideas básicas que pueden resumirse así:

El lenguaje político tiene -siempre lo ha tenido, pero ahora con suma intensidad- una peculiaridad muy propia. Es inútil intentar entenderlo de una forma directa y natural. Lo que dicen las palabras “prima facie” carece de todo interés. Lo que cuenta, lo único que cuenta, es el objetivo o la intención final. En este juego intelectual alcanzan niveles admirables las interpretaciones más sectarias y absurdas. El tema de Cataluña es, en este sentido, un ejemplo perfecto. Se están superando todos los límites.

El enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España tiene causas concretas y ciertas. Negarlo sería irresponsable. Exagerar esas causas o manipularlas o inventarlas es oficio peligroso en el que se está cayendo con demasiada frecuencia, especialmente en el área económica (balanzas comerciales y fiscales), donde incluso buenos profesionales se vuelven sectarios y demagógicos hasta límites verdaderamente inaceptables. Algunos análisis producen rubor y vergüenza.

El silencio de la sociedad civil, tanto la española como (y aún más) la catalana, es especialmente doloroso. A pesar de los avances en los últimos años, nuestra sociedad civil sigue sin levantar su voz, sin exigir, sin denunciar. Sigue siendo dolorosamente dócil y manejable. Sigue teniendo demasiado respeto, demasiado temor a todos los poderes, incluyendo los poderes fácticos. Tolerar que solo se escuchen los reiterados y cansinos mensajes políticos es asumir un riesgo grave, un riesgo seguro.

Un buen entendimiento entre Cataluña y el resto de España no es un tema menor. Es un tema que afecta decisivamente a la evolución imparable del modelo territorial, a la estabilidad política, al crecimiento económico, a la superación de la crisis y a otros muchos aspectos. No es sólo un tema político. El diálogo no puede limitarse a cuestiones relacionadas con el nacionalismo. El bloqueo del diálogo político está afectando a todas las relaciones - que han sido riquísimas- en el terreno cultural y social e incluso en el terreno empresarial. Se ha creado una sensación inconfortable y negativa de distancia y de aislamiento. Nuestras universidades, fundaciones y asociaciones tienen que volver a establecer fuentes de diálogo activo que logren tranquilizar, normalizar y enriquecer una comunicación permanente entre las dos ciudadanías y servir de contrapeso al extremismo político y al de los medios de comunicación.

CiU ha sido hasta muy recientemente un partido político que ha aportado en cantidades considerables seriedad, rigor y pragmatismo tanto a la estabilidad política como al desarrollo económico, donde entre otras cosas, y ante la oposición poco justificada del PP, ayudó a salvar, con su voto afirmativo, un plan de ajuste del Gobierno socialista, cuyo rechazo nos hubiera colocado en una situación delicadísima en Europa. Ha demostrado, además, en todo momento una alta capacidad para el encuentro y el consenso tanto con los partidos nacionales mayoritarios como con los nacionalistas. Perder, en estos momentos, la potencialidad de CiU para aportar racionalidad y buen sentido es perder demasiado. CiU, sin renunciar a ningún objetivo, debe cuidarse de entrar en debates permanentes y estériles sobre intensidades soberanistas con los numerosos partidos nacionalistas que rodean su espacio, incluyendo a veces al propio PSC. Tiene que actuar desde la grandeza y reconocer la existencia del interés colectivo.

En Alemania -que está empezando a notar el comienzo de una recesión- se está hablando ya, con vistas a las elecciones del 2013, de la conveniencia de renovar la gran coalición entre cristianodemócratas y socialdemócratas que ya acordaron -y que funcionó con todo éxito- en el 2005. Sin necesidad de llegar a esa fórmula, el PP y el PSOE tendrán que aceptar en algún momento su responsabilidad como partidos mayoritarios, y en concreto su obligación estricta de alcanzar consensos, en este y en otros temas, no ciertamente para doblegar e imponerse a los demás partidos, pero sí para crear un clima más seguro y más tranquilizador en beneficio de una ciudadanía desconcertada e inquieta que no puede entender, en unos momentos tan críticos, tanta irresponsabilidad política.

Hay que asumir y entender, sin aspavientos ni reservas, la complejidad y la intensidad del sentimiento catalanista y respetar en todo momento su realidad y sus manifestaciones. Cataluña es un gran pueblo, más sentimental que pragmático, y hay que saber entender y respetar su riquísima identidad, su carácter especial, su maravillosa cultura, que aman con pasión envidiable, y su auténtica historia. Nunca hemos hecho el esfuerzo debido, el esfuerzo suficiente en esta tarea, y tendemos a caer en el error de simplificar y caricaturizar su imagen. El que el independentismo sea, en estos momentos, imposible en términos constitucionales, tanto españoles como europeos, no puede ser la única arma con la que abordar el diálogo. Es un argumento que, al margen de que sea o no cierto, enrarece y agría aún más la situación. En lo que hay que insistir es en buscar nuevas ideas. Entre una independencia absoluta sumamente problemática y una dependencia inconfortable y para algunos claustrofóbica, tienen que existir salidas más realistas y más eficaces. Solo a través del diálogo -que es la esencia de la democracia- se hará posible la búsqueda de una solución, aunque no sea, ciertamente, tarea fácil.

Cuídense bien, en todo caso, los líderes políticos de aprovechar la situación para pescar con ganancia en las aguas que ellos mismo han revuelto. No se dejen llevar por las apariencias ni por estadísticas manipuladas. No tensen más la cuerda con descalificaciones, desplantes o amenazas. No jueguen al póquer. La ciudadanía catalana y la española ya han demostrado en muchas ocasiones el rechazo total a los comportamientos absurdos y fanáticos de un estamento que ha alcanzado el nivel más bajo de credibilidad. Y en esta ocasión lo volverá a hacer. El 25 de noviembre pondrá a cada uno en su sitio.

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