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La hora del patriotismo redentor; por Jorge de Esteban, Catedrático de Derecho Constitucional

07/09/2012
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El día 7 de septiembre de 2012, se ha publicado en el diario El Mundo, un artículo de Jorge de Esteban, en el cual el autor afirma que España no puede seguir con seis millones de parados, con un Estado que ha proliferado en 17 estaditos derrochadores, y que no podemos gastar más de lo que tenemos.

LA HORA DEL PATRIOTISMO REDENTOR

Aunque sea una perogrullada, se puede sostener que el patriotismo, como ocurre con el colesterol, puede ser bueno o malo. Sin embargo, el que se halla más extendido es el malo, ese que hizo decir a Samuel Johnson que era “el último refugio de los canallas”. Orientación que igualmente sigue Schopenhauer, cuando afirma que “todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en el último recurso de vanagloriarse de una nación a la que pertenece por casualidad”.

Es más: en el caso de España, la idea de patria se encuentra irremediablemente unida al recuerdo de la Guerra Civil y del franquismo. Piénsese en el lema que presidía, o preside todavía, la entrada en los cuarteles españoles: “Todo por la Patria”. Lo cual no sólo no ha favorecido la aceptación por todos de este concepto, sino que contribuyó, de alguna manera, al fortalecimiento de los nacionalismos periféricos. Ahora bien, es realmente absurdo que el orgullo de ser español se identifique frecuentemente con una orientación política de derechas. Porque el patriotismo debería ser un concepto-paraguas, en el que todos se cobijasen, con independencia de su filiación política. En cualquier caso, tal circunstancia se puede ver, casi con exclusividad, en las ocasiones en que el deporte y, especialmente, el fútbol, alcanza grandes victorias, dando lugar así a la categoría de españoles “a tiempo parcial”, feliz expresión que tomo del periodista Álvaro Martínez.

Pero, como señalaba al principio, también hay un patriotismo bueno, que presupone la idea de que existe una serie de valores culturales, históricos, éticos y hasta deportivos, que deben ser comunes y estar por encima de todo particularismo. Sea como fuere, el hecho es que a lo largo de nuestra historia, el patriotismo malo o, patrioterismo, es el que ha prevalecido casi permanentemente. Sin embargo, en los últimos siglos, ha habido dos ocasiones extraordinarias en nuestro tortuoso devenir histórico, en que la aparición de un patriotismo bueno e integrador nos salvó de dos posibles hecatombes. La primera fue en 1808, cuando los ejércitos de Napoleón se paseaban por España. Ciertamente, lo más sorprendente que habría que resaltar de aquella epopeya, la cual dio lugar a la aprobación de la Constitución de 1812 en Cádiz es que, por encima de su propio texto, lo realmente importante no fue lo que se hizo, sino cómo se hizo. La convocatoria de las Cortes, a medida que iba avanzando el ejército francés, obligó a que se reunieran los diputados en la Isla de León, un lugar apropiado para impedir el paso del invasor, trasladándose después a la ciudad de Cádiz. Blanco White escribió así que el espacio reducido de una ciudad sitiada no era el mejor teatro para empezar la reforma que necesitaba España. Lo cual es cierto, pero como la Historia se hace muchas veces a través de senderos bifurcados, el gran mérito involuntario de Napoleón, al invadir nuestro país, no fue ni más ni menos que “provocar”, por decirlo así, la entrada del constitucionalismo en España y la creación del Estado moderno. Todo ello fruto de la revolución social que originó la invasión francesa, y que dio lugar a que surgiese en España un patriotismo integrador, que no sólo derrotó al ejército francés, sino que también dio a luz una Constitución en la que se produjo un acuerdo entre todos los diputados, por encima de las enormes diferencias ideológicas que les separaba. Sin ese patriotismo bueno e integrador, ni hubiéramos vencido al ejército bonapartista, ni hubiéramos aprobado una Carta Magna que ha dejado su huella en muchas naciones.

LA SEGUNDA vez que surgió en nuestro país ese patriotismo integrador fue con la Transición. Ciertamente, al morir Franco, la mayor parte de los observadores extranjeros, como ha señalado por ejemplo Alain Peyrefitte, oscilaba entre dos hipótesis: o bien se asistiría al mantenimiento de un franquismo sin Franco, o bien surgiría de nuevo una guerra civil entre los españoles. La realidad fue, sin embargo, que los españoles logramos arribar a la democracia, aunque sea imperfecta, sin luchas violentas entre unos y otros, gracias a que el sentido común hizo que apareciese de nuevo el patriotismo integrador, confirmado, de forma gráfica, por el ejemplo ofrecido por Santiago Carrillo y el PCE el día que aceptaron la bandera tradicional española, permitiendo que todos los españoles, al margen de sus credos políticos, se uniesen, salvo la excepción de los grupos terroristas, para que se aprobase una Constitución, por consenso, que debía amparar a todos por igual. Este patriotismo integrador se acabaría convirtiendo, como pasó en Alemania, tras las teorías de Sternberger y, especialmente, de Habermas, en un patriotismo constitucional, que venía a significar que los nacionales de un país con un régimen constitucional democrático deben estar orgullosos de vivir bajo los principios y la cultura política, que transciende de la Constitución que se han dado. Por otra parte, es significativo que en Francia, tras la Revolución de 1789, la propia letra de La Marsellesa, himno nacional francés aceptado por todas las tendencias, comience diciendo: “¡Marchemos, hijos de la patria, el día de gloria ha llegado!”

Pues bien, todo esto viene a cuento porque en la actualidad, estamos en España -se quiera ver o no- en una situación límite, en una encrucijada de nuestra Historia, como ocurrió en 1812 y en 1975, puesto que asistimos a la quiebra política y económica de un Estado de las Autonomías que se cae a pedazos. Como en las dos ocasiones citadas, sólo podremos salir de esta situación calamitosa con un patriotismo integrador, que se sustente en un patriotismo constitucional. Pero para conseguirlo, es necesario que la Constitución vuelva a amparar a todos, y no se acabe convirtiendo en la almoneda de un país en bancarrota. Sin la reforma urgente de la Constitución, seguiremos dando palos de ciego. Todos tenemos que poner nuestro grano de arena para salir de este atolladero, pero la mayor responsabilidad la tienen las instituciones, comenzando por el Gobierno, y, especialmente, los dos grandes partidos nacionales. Ambos deben dejar de mirar por sus propios intereses, de abandonar sus rencillas internas, para luchar juntos por el interés nacional y tratar de resolver los problemas más acuciantes de la hora española, los cuales no hace falta que se enumeren exhaustivamente, cuando la espada de Damocles del “rescate” ya se balancea sobre nuestras cabezas. Baste señalar, en cualquier caso, que España no puede seguir con seis millones de parados, con un Estado que ha proliferado en 17 estaditos derrochadores, y que no podemos gastar más de lo que tenemos. Por su parte, los nacionalistas separatistas, como los de ese curioso pueblo de Sant Pere de Torelló, deben ser conscientes de que si se hunde España, como sucedió con el Titanic, no habrá empero chalupas para ellos. O nos salvamos todos o nos hundimos todos.

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