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Peregrinos, pero no vagabundos, por Juan Antonio Sagardoy; Catedrático de derecho del trabajo

25/06/2012
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El día 25 de junio de 2012, se ha publicado en el Diario ABC, un artículo de Juan Antonio Sagardoy, en el que el autor opina que se debería reformar la Ley Electoral, al igual que reestablecer el prestigio de determinadas instituciones; sin olvidarnos de la importancia de la educación o la Sanidad y sin dejar a un lado los valores morales y sociales.

PEREGRINOS, PERO NO VAGABUNDOS

El obispo mozárabe Asbag, recreado por Sánchez Adalid, decía en el 976: “He comprendido que la vida es camino, que somos peregrinos, pero no vagabundos sin meta”. El tiempo se lleva las cosas, como río aguas abajo, y en esa orfandad y desnudez solo nos quedan nuestros recuerdos y nuestra estima (Burdalo). Al hilo de estas reflexiones, quiero decir que estamos viviendo unos momentos, largos y agónicos, que nos inundan de incertidumbres, miedos y desesperanza. Hemos pasado de aquellos días de vino y rosas a otros de amargos frutos. Y todo, por culpa de la economía, de los déficits, de los desajustes, de la falta de dinero circulante. Y en estas circunstancias es preciso rearmarnos de lo espiritual, del espíritu de superación, del esfuerzo por salir del hoyo. Hay un primer consuelo, que es el de enmarcar todo llamado “desastre” con estas palabras: en cinco años... ¿esto importará? Pues seguramente no. Pero el hoy y ahora, dadas las circunstancias, nos debe ocupar para darle una salida airosa. Soy de los que piensan que los españoles somos gente de primera. Hemos sido el centro del mundo. Hemos tenido los mejores poetas; los mejores pintores, hemos descubierto y colonizado el nuevo mundo, descubrimos el autogiro y tantas y tantas cosas más. Y ahora mismo cúspide del deporte con los mejores deportistas, que lo son por su ánimo y esfuerzo. Pero en la economía, como ocurrió en el siglo XVI, estamos francamente mal. Nunca como ahora hemos vulgarizado tanto los problemas económicos, pues todos se han familiarizado con la prima de riesgo, el déficit estructural, el cambio, los ratings, etc. Y todo ello nos ha hecho entrar en un pozo del que debemos y tenemos que salir. No podemos ser vagabundos sin meta, sino peregrinos de un final que merezca la pena. Y ahí hay que superar lo económico. Hay que rearmarse con valores (los de siempre), y además creo que hay que “recrear” España. En esa necesaria tarea de recreación son múltiples los frentes y las correspondientes metas.

Hay una primera que es la regeneración democrática, el impulso hacia la participación real de todos nosotros en las decisiones políticas que nos afectan. No basta solo con un voto cuatrienal. Como dice con gran lucidez J. R. Capella, “los ciudadanos no deciden ya las políticas que presiden su vida. El valor o pérdida de valor de sus ahorros, las condiciones en que serán tratados como ancianos o las que reunirá su lecho de muerte, sus ingresos, el alcance de sus pensiones de jubilación, la viabilidad de las empresas en las que trabajan, la calidad de los servicios de la ciudad que habitan, el funcionamiento del correo, las comunicaciones y los transportes estatales, las enseñanzas que reciben sus hijos, los impuestos que soportan y su destino... todo ello es producto de decisiones en las que no cuenta, sobre las que no pesa, adoptadas por poderes inasequibles y a menudo inubicables. Que golpean con la inevitabilidad de una fuerza de la Naturaleza. Y los ciudadanos votan. Pero su voto no determina ningún “programa de gobierno”.

Por ello hay que reformar la ley electoral, para que se impongan las listas “abiertas”, no las “partidistas”. Es un modo democrático de participar más. Y en esa misma línea, el número de políticos -es decir de los que se dedican y viven de la política- debe bajar sustancialmente de esos 400.000 que ahora tenemos. Otra de las metas ha de estar en la calidad y prestigio de las instituciones. En los rankings mundiales estamos muy mal. Hemos de lograr que los órganos reguladores sean independientes y formados por profesionales competentes. Que las actividades empresariales estén menos tuteladas por los gobiernos, con desaparición de los “conseguidores” y “engrasadores”. Como dice Gaspar Ariño, “en España, la herencia socialista de intervención y control de las operaciones empresariales ha creado una mala costumbre: la costumbre de pedir la aprobación a la autoridad para cualquier actividad económica de relevancia que se quiera acometer”. La frase de un presidente de Gobierno “el que me eche a mí un pulso lo pierde” es un resumen gráfico de esa tutela pública de las actividades empresariales. Que los órganos supremos judiciales no estén manejados por los partidos políticos. Que en los negocios prime la seguridad jurídica sin vaivenes normativos que espantan a los posibles inversores. Que se dé voz y se escuche a la sociedad civil, con líderes fuertes v honestos que nos animen y orienten.

También debemos entrar a saco en el tema de la corrupción. Tenemos un alto índice de corrupción sobre todo en el sector público y hay que ponerse a la tarea de erradicarlo con energía, cumpliendo las penas que procedan tras el juicio oportuno y devolviendo el dinero, que es lo que duele y no se hace. Ese cáncer de la corrupción desamina hondamente, cara al cumplimiento de los deberes cívicos, y al final es una gangrena de la salud moral de un país. Es imposible terminar radicalmente con la corrupción, pues tendríamos que transmutarnos en ángeles, pero hay mucho camino por recorrer y debe recorrerse con firmeza. De lo contrario, será como predicar y no dar trigo.

No menos importancia tiene la educación en valores. Valores morales y valores sociales. Es, por ejemplo, preocupante que, en un gran porcentaje, nuestros jóvenes quieran ser funcionarios y no empresarios. Se prefiere la seguridad a la libertad; el confort, al riesgo. Y un país que tenga un gran porcentaje de parados, un número elevado de jubilados y una juventud que sueña en la silla funciona-rial tiene un porvenir aciago. Hay ya algunas felices iniciativas, de la sociedad civil, de inculcar a los niños de primaria el espíritu emprendedor, con muy buenos resultados. Pero están también los valores metales, como son el patriotismo, la solidaridad, el esfuerzo, la honradez personal, la lealtad y todos los que forman el acervo de lo que se llama una “persona cabal”. Si no tenemos personas imbuidas de esos valores, será difícil salir delante de modo airoso.

Tema también de gran entidad es la segmentación de nuestro mercado. Nos hemos pasado varios pueblos. El que, por ejemplo, cada autonomía tenga normativas distintas (no se sabe por qué) lleva al disparate económico de que para invertir en ascensores (caso real) haya que hacerlos distintos según la autonomía de que se trate. Resultado: una multinacional dejó la inversión por ser inviable. Y que la normativa para los autobuses exija cambiarlos (si se quiere cumplir la ley), hasta tres veces, para ir de Badajoz a Barcelona. Es una locura. Hay que repensar profundamente el Titulo VIII de la Constitución, no para centralizar, necesariamente, sino para racionalizar. Así no se puede seguir. Solo el ingente y alocado gasto autonómico lo justificaría.

El frente educativo y el de sanidad son de tal entidad que precisan una recreación a fondo. No solo en cuanto al gasto inmenso que suponen y que difícilmente podemos soportar, sino en cuanto a su eficiencia y organización. Es cierto que la sociedad moderna occidental no soportaría una vivencia pacífica sin sanidad y educación públicas. Pero esa afirmación tiene muchos y muy importantes matices. Por ejemplo, suprimir centros de enseñanza inviables por su sostenimiento o por la ausencia de alumnos suficientes no es pasar ninguna línea roja O el pago parcial, por ejemplo, de la manutención en los hospitales (dado que si no estuviera allí se la pagaría con sus medios) tampoco supone pasar línea roja alguna. Y así muchas más cosas.

En definitiva, tenemos una gran tormenta económica encima, pero sería suicida no salir de ese círculo infernal económico y entrar en el humano, que es el que importa. Que los árboles no nos impidan ver el bosque. Me gustaría terminar con una frase animadora de Churchill, cuando dijo que “las estrellas solo se ven en las noches oscuras”.

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