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Jueces de Europa; por Ramón Trillo Torres, Magistrado Emérito del Tribunal Supremo

04/05/2012
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El día 4 de mayo de 2012, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Ramón Trillo Torres, en el cual el autor afirma que todos y cada uno de los jueces de los 27 países que forman la Unión Europea son jueces de Europa, tan jueces del derecho europeo que de él deriva un poder que normalmente no les corresponde, el de no aplicar una ley, es decir, una norma votada por las Cortes Generales, que en cuanto representantes del pueblo español expresa la voluntad de la soberanía nacional, si la consideran incompatible con lo que disponga una norma comunitaria.

JUECES DE EUROPA

Si, melifluo y cursilón, un viandante de los ásperos caminos medievales alzase el aldabón de un monasterio para profesar en él so capa de una recitación vacua y monótona del amor con mera resonancia en la oquedad de lo vano, probablemente el sabio y dulce Abad sospecharía en él la hiel de la hipócrita beatería y, urgido por la santa caridad, dominando su primero y ácido impulso de requerir un fámulo para que en proyección elíptica alejase al suplicante del portón de la Abadía mediante propincuo puntapié, lo acogería con unción y de inmediato ordenaría su ingreso en una celda a ración de pan y agua, para purificación de su espíritu antes de aceptarlo en el rigor y orden de la comunidad.

Tiempos de reciura aquellos, en los que sin embargo arraigó soberbia, formidable, la institución del monacato occidental, venero siempre fluyente de recuperación y permanencia del Cristianismo, esa religión, cultura y forma de ser y estar que ha sido prolífica almáciga de algunas de las mejores semillas en las que germinó Europa. Durante aquella época de escasez, violencia y anarquía, fueron los monasterios, con su aroma a códices miniados, cochura, huerto, canto, incienso y oración, los que ofrecieron el casi exclusivo espacio de paz y ordenada laboriosidad para que el saber, incluido el heredado de los paganos, aflorase y fuese conservado y difundido.

Por mi parte tiempo ha que, en ocasión propicia, en el Palacio de la Magdalena de Santander, rememoré a los monjes benedictinos como imagen para hacer presente la tarea que hacemos los jueces en el proceso de construcción europea. Al rememorarlos, no solamente me detuve en su espléndida labor a favor del espíritu, sino que además hice presentes las acciones de puro alivio material que debemos a los hijos de San Benito: los monjes roturaron tierras, mejoraron cultivos, tallaron bancales para que el sol calentase mejor las vides de cuyo fruto se exprimiría el vino que se transubstanciaría en la sangre de Cristo, pero que habría de servir además para dar un poco de calor humano y regocijo a las gentes de aquella época, alojadas en cuerpos de corta vida, tantas veces enfermos y deformes y sujetos a los fríos de la intemperie, del hambre y de la inseguridad.

Todo esto hicieron los monjes con anonimato, constancia y serenidad, mientras a su alrededor Europa intentaba buscar un orden que había desaparecido con la caída de Roma. Los Papas, los reyes y los emperadores aparecían en escena como grandes y guerreros protagonistas, siempre en contienda entre ellos y no obstante siempre predicando la unidad de la Cristiandad.

Para nuestra fortuna, ninguna de aquellas carencias medievales atañen a una sociedad como la actual europea, que incluso en tiempo de crisis mantiene un esplendor que parecería la Gloria incluso a los más encumbrados de antaño. Pero en punto a proyecto de convivencia, sí hay un dato sustancial que nos une con aquel tiempo germinal: el proyecto europeo es único (a la sazón la Cristiandad, ahora su Unión), pero los protagonistas principales mantienen las tensiones derivadas de sus intereses particulares. La sensación que hoy se tiene en Europa es de que toda ella pertenece a un mismo espacio de sustancial igualdad humana y política, pero en el quehacer ordinario, el de cada día, nuestras instituciones, tanto las nacionales como las comunitarias que se comprenden en la voz “Bruselas”, dan la sensación de tirar en sentido más inclinado a los particularismos divergentes que a la supranacionalidad convergente, generando una evidente apariencia de desorden y de insuficiente compromiso con el superior y común interés europeo, que con frecuencia se desvanece ante los potentes intereses nacionales que se le imponen.

Es entonces cuando pienso en la imagen de que los jueces aportamos al proceso histórico que vive Europa el sereno y continuado esfuerzo, la diaria laboriosidad que, como la de los monasterios en la Edad Media, se impone por su linealidad y constancia a los altibajos y pendencias de los poderes que son visibles en la primera línea política. Porque hay que decir algo importante: todos y cada uno de los jueces de los 27 países que formamos la Unión Europea somos jueces de Europa, tan jueces del derecho europeo que de él deriva un poder que normalmente no nos corresponde, el de no aplicar una ley, es decir, una norma votada por las Cortes Generales, que en cuanto representantes del pueblo español expresa la voluntad de la soberanía nacional, si la consideramos incompatible con lo que disponga una norma comunitaria. En este supuesto es nuestra obligación rechazar la ley nacional y aplicar la norma comunitaria. Es por eso por lo que para garantizar que la interpretación que hagamos de la norma europea sea lo más uniforme posible en toda la Unión, en caso de que tengamos cualquier duda sobre su significado, debemos plantearle al Tribunal de Justicia de la Unión lo que se llama una “cuestión prejudicial”, es decir, interrogarle sobre el sentido en que debe interpretarse la norma europea, y lo que él nos diga será la interpretación que sigamos, pero seremos nosotros, los jueces nacionales, los competentes para decir si la ley española es o no compatible con esa interpretación y los que habremos de dictar la sentencia que resuelva definitivamente el proceso. Se produce así “en los supuestos en que esté comprometida una duda sobre el derecho europeo” una cooperación entre el Tribunal de Europa con sede en Luxemburgo y los jueces nacionales, a reserva de que la decisión final del litigio corresponde siempre a estos.

Como la monacal, la de los jueces es en este punto una actividad serena, ordinaria, con vocación supranacional e intelectualmente fructífera, en la que las sentencias de interpretación que emite la Corte europea se caracterizan por no ser ciertamente un acontecimiento literario, pero sí en general textos sólidos, prudentes cuando no algo ambiguos y al mismo tiempo gozosamente imperativos, en el sentido de que se trasluce su clara conciencia de que son los que garantizan la continuidad y la vigencia de los principios que constituyen la constante que siempre mana para la permanencia sustancial de la unidad de Europa, con o sin crisis, con o sin acuerdos políticos, a imagen de la tarea de los monjes, que permanecía también siempre fecunda y activa con o sin guerra, con o sin avenencia del Papa y del Emperador.

Cuando en el año 2008 Benedicto XVI tuvo un encuentro en el Colegio de Bernardinos de París con el mundo francés de la cultura “siempre tan considerado por los Papas” la evocación de su discurso fue la vida monástica y en él encastró la teología del Ignoto-Conocido que se revela en la Encarnación, un hecho que en sí mismo sería Logos, presencia de la Razón eterna en nuestra carne.

Los poderosos saltos de la dialéctica y la representación teológica no son comparables al sobrio y rústico caminar de los juristas, que no obstante también en ocasiones tenemos que valernos de nociones difícilmente aprehensibles, pero que son poderosos indicadores del sentido correcto de la ruta a seguir. Así, en cuanto a la aplicación del derecho europeo, la doctrina jurisprudencial es la de que los jueces debemos interrogar al Tribunal de la Unión sobre nuestra duda, salvo que estemos convencidos de que la claridad con que comprendemos el sentido de la norma europea a aplicar sería la misma que se impondría no solamente al Tribunal Europeo, sino también a los jueces nacionales de los otros Estados miembros: es casi una llamada a lo inasible, pero que tiene el profundo sentido de un Logos, en este caso el de una humana razón temporal, la de una Europa asentada en la unidad de la interpretación del derecho por todos los jueces europeos.

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